¿Acaso hay algo más inútil que escribir?

Reproduzco un (excelente) texto de Alberto Barrera Tyszka:

La alegría de lo inútilLa sociedad de mercado, incluso en los espacios del mercado literario, no entiende muchas veces la razón de la poesíaMe gustan las casualidades.Creo en ellas.

Más que en la santísima trinidad o en la reencarnación.

Me maravilla su gratuidad. No aspiro a encontrar en ella otras señales, signos de un enigma más profundo, claves cifradas de aquello que algunos llaman destino. Sólo existe, acontece.

Como si su único motivo fuera recordarnos que no todo existe en el terreno de la lógica o de las conspiraciones, que la vida también está llena de extraordinarios accidentes, de correspondencias tan benditas como azarosas. Este año, el Nobel de Literatura y en Premio Cervantes fueron entregados a dos poetas. Este año, Thomas Tranströmer y Nicanor Parra son una fantástica casualidad.

Thomas Merton decía que “los que somos poetas sabemos que el motivo de un poema no se descubre hasta que existe el propio poema”. Es una manera de detallar la particular naturaleza de la escritura poética. Su sentido de la eficacia está en otro lado. O mejor: su sentido de la eficacia está en ninguna parte. El poema no parece tener definición. Ni por qué ni para qué. El poema no tiene misión ni valor. Su motivo, y su misma identidad, sólo a veces se revela, aparece, en el mismo instante en que se escribe, mientras va buscando su forma.

Cuando yo estudiaba Letras, tuve la inmensa suerte de tener como profesor a Hugo Achugar, que fue un excelente maestro pero que también es poeta. Lo recuerdo alto, de pie, leyéndonos en voz alta “Muerte sin fin” del poeta mexicano José Gorostiza. Había un hechizo especial en ese instante.

Las palabras no estaban en el libro. Saltaban en el aire, viajaban, flotaban, se tocaban, unas con otras, produciendo nuevos sonidos, combinaciones inexplicables. Estábamos ante un lenguaje que era el mismo y, a la vez, era distinto. Lo escuchábamos todos los días y, sin embargo, jamás lo había escuchado antes: ese es el misterio de la poesía.

“Escuchen cómo suena”, algo así creo recordar que decía Hugo Achugar. Como si debajo de las palabras hubiera otras palabras, otro ritmo, otra manera de vivir en el lenguaje. Pero esa experiencia, esa condición, es intransferible. Como el orgasmo, la lectura de la poesía no se puede contar. No se explica. Es necesario arriesgarse y vivirla.

La sociedad de mercado, incluso en los espacios del mercado literario, no entiende muchas veces la razón de la poesía.

No tiene maneras de calcular su rentabilidad. La poesía destruye cualquier imaginación económica. En cualquier mapa comercial los versos son incómodos. ¿Acaso hay algo más inútil que un poeta?, podría preguntarse, con frondosa seriedad, cualquier gerente de cualquier corporación. Al poeta Joseph Brodsky, también premio Nobel, por cierto, lo declararon “parásito” en la extinta Unión Soviética. No tenía carnet. No había manera de ubicarlo en los controles de la burocracia. No le era permitido ser sólo un poeta.

La poesía, la buena poesía, siempre es incómoda. Y en medio de la crisis de la racionalidad capitalista, que sacude el mundo y arropa extremos de sociedades tan delirantes como la norteamericana o la china, la poesía parece tener un sentido cada vez más desconcertante, siempre fuera de tiesto. Ni siquiera en el circuito de la producción y comercialización de los libros saben qué hacer con ella. No cabe debajo del renglón de autoayuda. Jamás arañará la lista de best sellers. ¿Para qué existe? ¿Qué se puede hacer con ella? En la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, tres escritores venezolanos le propusieron al público un evento diverso y lleno de creatividad, con la intención de mostrar un poco cómo y qué se escribe en la Venezuela de hoy día. Elena Cardona, Willy McKey y Roberto Martínez Bachrich, aprovechando la tecnología y estrujando mucho ingenio y humor, propusieron un nuevo tipo de ponencia, de manera coral, donde demostraron que hablar del otro es también una manera de hablar de uno mismo. Aunque cada uno, en cierta forma, representaba un género distinto: el ensayo, la poesía y la narrativa, en el fondo, la vocación poética de los tres impuso un tono. Esa es otra razón de la poesía: la apuesta por la diversidad, por el riesgo de no saber hacia dónde nos dirigimos, por la construcción de un discurso que sólo descubre su sentido al escribirse.

Ionesco se apropió de lo absurdo para retratar la sociedad moderna y ofrecer, desde la ficción literaria, otra dialéctica, otra posibilidad de discernimiento. Quizás el tiempo lo ha vuelto inocente. El futuro siempre puede ser peor.

En una de sus notas, Ionesco escribió: “Si uno no entiende la utilidad de lo inútil y la inutilidad de los útil, no puede entender el arte. Y un país donde no se entiende el arte es un país de esclavos y de robots”.

[Fuente: Noticiero Digital]

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